Mirar u observar
Las cámaras fotográficas incorporadas en los dispositivos móviles son relativamente nuevas. Antes, cuando querías tomar una foto, debías ser muy diestro con la cámara, hacer varios intentos y esperar a que la imagen fuera revelada para saber si había sido un éxito o un fracaso.
Con la llegada de las cámaras digitales —no estoy segura si apareció primero la cámara sola o la integrada al teléfono— al menos podías ver el resultado de inmediato. Aun así, había que repetir varias veces hasta lograr una imagen decente.
Quizás esa complejidad hacía que valoráramos más la posibilidad de capturar un instante en el tiempo. En contraste, la facilidad de hoy nos hace creer que debemos fotografiarlo todo, solo porque sí, y no porque luego nos sentemos a contemplar esos resultados con el paso del tiempo.
Al crecer en esta era digital y, además, ser fanática de la fotografía, me he visto envuelta en esa necesidad febril de tomar fotos de todo, al punto de llenar la memoria del teléfono —que, debo admitir, es bastante generosa—.
El jueves, mientras regresaba de viaje, contemplé un atardecer. Uno de mis fenómenos favoritos de la vida. Pero este, en particular, podría decir que fue prácticamente el atardecer perfecto. Y aunque parezca increíble, no tengo ni una sola foto ni un video.
Por primera vez en mucho tiempo, me permití no recurrir inmediatamente al teléfono. Me permití simplemente contemplar cómo el sol se iba escondiendo entre las nubes para luego caer en el horizonte.
No recuerdo haber visto un sol tan perfectamente redondo, con un exquisito color rojizo anaranjado, perfectamente delineado, cayendo despejado y relajado hasta perderse de vista.
Sí, me vi tentada a capturar el momento. Pero preferí hacerlo en mi mente. Preferí disfrutarlo de verdad, como hacía mucho tiempo no lo hacía.
Todo esto me llevó a preguntarme:
¿Estamos realmente observando lo que nos rodea?
¿O ese afán por capturar miles de cosas y momentos, sin una razón clara, nos está llevando a perdernos instantes mágicos y maravillosos?
De esos que, quizás, son los únicos que nos llevaremos cuando dejemos este mundo.
Vivir se ha vuelto demasiado automático, demasiado instantáneo. Y ahora tenemos que entrenarnos —sí, entrenarnos— para parar, descansar, respirar y observar. Para ser parte del entorno, del paisaje, y no simples estrellas fugaces que pasan sin tiempo para mirar con detenimiento.
No somos máquinas de hacer dinero. Somos seres humanos que se nutren de momentos, de vivencias, de pausas.
Ese día me di el regalo de mirar.
Suena simple. Suena rutinario. Suena como si no fuera algo extraordinario.
Pero en un mundo que corre sin freno, que no se detiene ante nada, parar, mirar, observar y sentir es un acto profundamente revolucionario.
Quiero más momentos así.
Quiero más tiempo de paz, de quietud, de reflexión y de silencio.
Tiempo para escuchar con tranquilidad mi respiración y darme cuenta de lo afortunada que soy por seguir siendo testigo de milagros que, por ser cotidianos, a veces olvidamos cuán extraordinarios son.


Es sorprendente pero si, parece que vivimos en una época donde se valora más poder capturar el momento a través del lente de la cámara de un teléfono, que vivirlo a plenitud con todos tus sentidos. Siempre me ha parecido curioso (y hasta un poco ilógico), que voy a un concierto y las personas se pasan gran parte de el grabando con su teléfono, muchas veces perdiéndose de disfrutar al artista que estás viendo en vivo solo por grabar un buen video para colgarlo a las redes sociales.
ResponderEliminarTotalmente de acuerdo contigo. Ojala nos demos cuenta y podamos volver a vivir el ahora sin el afan de apresarlo en una fotografia.
Eliminar🫂💖
ResponderEliminar❤️❤️❤️
Eliminar