A veces extraño la arquitecta que nunca fui. ¿Y cómo es que se puede extrañar algo que nunca fuimos?
Bueno, extraño la idea que tenía cuando me inscribí en la carrera de lo que sería ser una profesional en el área. Extraño la concepción que tenían de la carrera todos los que me aplaudieron cuando decidí estudiarla, y también la que pensé que sería hoy, dieciséis años después de graduarme. Pero mi nostalgia no nace del cansancio de la oficina, sino del vacío de un espacio que nunca pude habitar por completo.
Mi carrera no se desvaneció por falta de pasión, sino por el peso de la realidad. Primero fue Venezuela, un país donde los cimientos de cualquier futuro empezaron a agrietarse, haciendo que encontrar un primer empleo fuera una labor de arqueología en una ciudad que ya no construía. Luego llegó el regalo de la maternidad, ese paréntesis necesario y hermoso que me alejó de los planos para concentrarme en el diseño de una vida nueva: mi hija. Sin embargo, el golpe final no fue una elección, sino el desarraigo.
Al migrar a México, esa arquitecta que llevaba conmigo terminó de desdibujarse. Mi título, ese papel que certificaba cinco años de trasnochos y sueños, se convirtió en un objeto mudo. Sin los documentos que lo validaran, sin sellos que la burocracia exige para reconocer el intelecto, mi profesión quedó atrapada en una frontera que no pude cruzar.
¿Cómo se explica que extraño un escritorio que nunca tuve? Extraño la autoridad de mi voz dirigiendo una obra, el olor al papel recién impreso y la satisfacción de ver una estructura alzarse desde el suelo. En lugar de eso, cargo con una identidad “invadida” ante la ley de un nuevo país. Es una sensación extraña: ser arquitecta en el pensamiento, en la mirada con la que observo los edificios de México, pero ser una civil común ante el registro profesional.
Extraño a esa mujer que mis padres celebraron porque ella se quedó en una fotografía de graduación, congelada en un tiempo donde todo era posible. Hoy, dieciséis años después, me miro al espejo y veo a una mujer que ha construido algo mucho más difícil que un edificio: ha construido un hogar en el exilio, ha sostenido una familia y ha sobrevivido a la pérdida de su propia proyección profesional.
Quizás ser arquitecta no era solo firmar planos. Tal vez, después de todo, he estado ejerciendo sin saberlo. He tenido que rediseñar mi vida desde cero, calcular las cargas emocionales de la migración y cimentar un futuro para mi hija en tierra ajena.
Esa arquitecta que “nunca fui” sigue viviendo en mi forma de resolver problemas, en mi resiliencia y en la estructura que le doy a mis días. Puede que México no reconozca mi título, pero mi historia reconoce mi esfuerzo. No soy la arquitecta de los grandes rascacielos, pero soy la arquitecta de mi propia supervivencia. Y aunque duela ese “no ser”, hoy entiendo que mi mayor obra maestra ha sido mantenerme de pie cuando lo que planeé se derrumbó.


