¿Y si aprovechar el tiempo fuera, en realidad, desperdiciarlo?
Vivimos en un mundo obsesionado con la productividad.
Productividad entendida como hacer mucho, todo el tiempo, sin pausa.
Medimos nuestro valor —y muchas veces nuestro éxito— por la cantidad de cosas que logramos tachar de una lista diaria, semanal o anual. Al final del año, casi sin darnos cuenta, hacemos un balance no de lo vivido, sino de cuán productivos fuimos.
La sobrevalorada productividad se ha convertido en una enemiga silenciosa del descanso. Descansar parece un lujo, una pérdida de tiempo, algo que debemos justificar. Y así terminamos los días, las semanas y los años agotados… y frustrados. Porque, por más que lo intentemos, nunca alcanzamos ese nivel de productividad “aceptable” que alguien más definió.
Cada noche me voy a la cama con la firme intención de ser súper productiva al día siguiente. Pero amanezco tan cansada que esa intención se disuelve demasiado rápido. Son pocas —poquísimas— las veces que me acuesto pensando: hoy realmente lo logré. De hecho, ahora mismo no recuerdo ninguna.
Y entonces vuelvo a la pregunta inicial:
¿Y si aprovechar el tiempo es, en realidad, desperdiciarlo?
Desperdiciar contemplar un nuevo amanecer.
Desperdiciar respirar con conciencia, entendiendo el privilegio que es cada bocanada de aire que entra a nuestros pulmones.
Desperdiciar escuchar de verdad a quien nos habla.
Desperdiciar observar el entorno: los árboles, los pájaros, las flores… incluso los edificios que vemos todos los días sin mirar.
Esta obsesión por la productividad se está convirtiendo en una fuente constante de estrés. Nos empuja a vivir deprisa, apurados, con la sensación permanente de llegar tarde a todo. Y mientras corremos, lo realmente importante pasa frente a nosotros como un borrón.
Nos sentamos a “descansar” mirando el teléfono, acumulando ideas sobre trabajo, familia, proyectos, pendientes. Nos acostamos a ver una película pensando en todo lo que debemos hacer mañana para “avanzar” hacia nuestras metas.
Y a veces me pregunto: ¿y si no estoy avanzando? ¿Y si, en realidad, estoy retrocediendo?
¿Qué es avanzar?
¿Quién definió ese concepto?
Nos enseñaron que avanzar es lograr, cumplir, alcanzar metas que la sociedad considera lógicas, razonables, exitosas. Pero ¿qué pasa si yo necesito avanzar hacia mi propia paz?
Hacia mi descanso.
Hacia el encuentro conmigo misma.
Hacia entender qué es lo que realmente quiero de la vida.
No quiero llegar a la vejez habiendo cumplido sueños que otros colocaron sobre mis hombros. Quiero llegar con la tranquilidad de haberlo intentado por mí. De haber caminado hacia lo que me da paz, hacia lo que me hace feliz.
Para eso, sí, se necesita productividad.
Pero también se necesita parar.
Respirar.
Observar.
Sentir.
Vivir el presente.
Porque al final del día, ¿qué nos llevamos de este mundo?
Lo vivido.
Y cuando la historia finalmente llegue a su final, lo único que se irá con nosotros será la persona que construimos. Quizás la mediana edad sea un buen momento para hacernos una pregunta incómoda, pero necesaria:
¿Me gusta la persona que estoy construyendo?


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