Si existieran unas olimpiadas de sobrepensar, sin duda yo estaría entre las finalistas. Tendría varias medallas de oro, estoy completamente segura. Y lo peor del caso es que sería como esos niños prodigio que saben de música o tocan a la perfección sin haber estudiado jamás teoría musical.
Es que a veces siento que sobrepensar es uno de mis más grandes talentos. Pero entonces debería ser en pensamientos buenos, ¿no? Sin embargo, no es así. Resulta que mi cerebro parece ser mi hater más grande, porque no importa lo que haga, él siempre está en mi contra. Cuando no es asustándome, es saboteando cada cosa que hago. Y debo confesar que vivir con el enemigo en tu cabeza es de las experiencias más extremas que existen sobre el planeta.
Lo más cumbre del caso es que “el tipo” —vamos a llamarlo así, de cariño— sabe por dónde darme, por dónde entrarme, por dónde ponerme a sufrir o asustarme. Y, pana, vivir con miedo cansa. En serio, es agotador. Pero aunque he intentado de todo —escribir, orar, meditar, tocar guitarra, leer, pintar, hacer ejercicio, hacer journaling— nada funciona.
Supongo que cuando llevas demasiados años con la misma práctica sostenida, toma unos cuantos días más que esos para lograr algún cambio significativo. Por eso también le estoy poniendo un poco de empeño a escribir en esta plataforma, porque me ayuda a soltar cosas que rondan en mi mente día y noche.
Sí, dije día y noche, porque resulta que “el tipo” no duerme. Mi cuerpo se apaga, pero él sigue jodiendo aun cuando estoy dormida. ¿Han visto la película Intensamente? La parte donde la niña tiene una pesadilla toda loca, producto de la ansiedad. Bueno, pues esa es mi vida diaria. La vaina es tan así que me dio para escribir mi primer libro. Al menos algo bueno ha salido de todo aquello.
El caso es que escuchaba hace unos días que esa voz que está en tu cabeza te acompaña noche y día, y qué bonito fuera que te hablara con más cariño. Sí, claro, sería fantástico, pero por más que lo intento es muy terca y sigue viendo lo malo y lo negativo en todo.
Les juro que no es una cosa consciente. Cuando me doy cuenta, ya tengo dos horas nadando en los famosos pensamientos rumiativos. Qué nombre tan feo, ¿verdad? Pero bueno, resulta que así se llaman y que son tan feos como su nombre. Porque primero te absorben, cuando te das cuenta pasó un montón de tiempo; y segundo, comienzan con uno que parece medio inofensivo, pero termina llevándote a pensar cosas que después, vistas desde afuera, son bastante absurdas. Pero a veces no puedes llegar a ver cuán absurdas son hasta que alguien más te lo dice. ¿Qué loco, no?
En fin, espero que algún día todo eso pueda cambiar. No me quiero resignar, porque además de todo, creo que mi hija está aprendiendo lo mismo, cortesía de sus padres… ¡en vez de heredarle millones de dólares! Pero bueno, mirando hacia atrás también me doy cuenta de que mi vida es mucho mejor que la de mis padres, y que yo estoy buscando la ayuda y las alternativas que ellos no.
No los culpo. Hace mucho tiempo que comprendí que hicieron lo mejor que pudieron con las herramientas que tenían a mano, lo mismo que estoy haciendo yo. Y sé que probablemente llegará un punto en que mi hija me odie, o no me entienda, o no comprenda el porqué de muchas cosas. Pero solo puedo tener la esperanza de que en algún punto, cuando la madurez llegue a su cerebro desarrollado, se ponga en mi lugar, comprenda y, además, me perdone.
¿Vieron a dónde vino a dar uno de esos malayos pensamientos? Es que así de escurridizos son. Lo bueno es que ya no los dejo quedarse, no los dejo instalarse —la mayoría de las veces—. Les doy la vuelta y los mareo, aunque confieso que algunas veces —ahora cada vez menos— ellos me ganan a mí. Sin embargo, no me rindo. Aquí sigo, porque quiero, porque puedo y porque vale la pena el intento.

