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Hola soy Ela, escribir es mi pasión, Dios y mi familia mi motivo para luchar por mis sueños, soy aprendiz de todo y experta en nada.

domingo, 22 de febrero de 2026

Cazadores de Errores

Creo firmemente que existen personas que no solo disfrutan “cazar los errores de los demás”, sino que viven para ello.

Suelen ocupar puestos de jefatura o gerencia —y no por casualidad están ahí—. Su talento más desarrollado es un radar infalible para detectar equivocaciones, y se sienten profundamente orgullosos de esa habilidad.

Del otro lado de esta realidad están los “temerosos de equivocarse”. Son el extremo opuesto. Les aterra cometer un error. Su mente revisa una y otra vez cada tarea diaria, con el miedo constante de haber fallado en algo… y de que los cazadores de errores lo descubran.

A veces me pregunto si así tiene que ser para que el mundo funcione. O si simplemente comenzó a ser de esta manera hace tanto tiempo que lo normalizamos y olvidamos preguntarnos si es posible una realidad distinta.

Me gusta fantasear con cómo sería el planeta si existiera más colaboración y menos competencia. Porque, sin duda, esta conducta nace de la competencia: de la necesidad de ser mejor que el otro, de demostrar superioridad dentro de la misma especie.

Imagino espacios donde el error no sea visto como una falla vergonzosa, sino como una parte natural del aprendizaje. Lugares donde señalar una equivocación no sea un acto de juicio, sino un gesto de acompañamiento. Un mundo donde la pregunta no sea “¿quién falló?”, sino “¿qué podemos aprender de esto?”.

Porque lo cierto es que el miedo constante a equivocarse no construye excelencia: construye ansiedad. No impulsa el crecimiento; lo paraliza. Quienes viven bajo esa presión terminan haciendo menos, arriesgando menos y siendo menos auténticos. No por incapacidad, sino por temor. Y vivir con temor es agotador, tanto para el cuerpo como para el alma.

Quizá el verdadero avance como sociedad no esté en perfeccionar nuestra capacidad para detectar errores, sino en desarrollar nuestra capacidad para comprenderlos. Tal vez la evolución más urgente no sea la de señalar, sino la de sostener; no la de competir, sino la de cooperar.

Después de todo, todos habitamos ambos lados. En algún momento hemos sido quienes señalan, y en otros, quienes temen ser señalados. Reconocerlo podría ser el primer paso para romper ese ciclo silencioso que alimenta la distancia entre unos y otros.

Tal vez el cambio no comience en grandes sistemas ni en estructuras complejas, sino en gestos pequeños: elegir la empatía antes que la crítica automática, ofrecer ayuda antes que juicio, recordar que detrás de cada error hay una persona intentando, aprendiendo, creciendo.

Quizá el cambio sea comenzar por nosotros mismos, desde cualquiera de las esquinas en las que nos encontremos.

Y tal vez, si suficientes personas comenzaran a mirar el error con más humanidad y menos severidad, descubriríamos que otra forma de convivir siempre fue posible. Una más evidente de lo que quisimos ver, pero que dejamos de notar por vivir en piloto automático. Una donde equivocarse no sea motivo de vergüenza, sino una oportunidad compartida para ser mejores juntos.

lunes, 26 de enero de 2026

Sobrepensar

Si existieran unas olimpiadas de sobrepensar, sin duda yo estaría entre las finalistas. Tendría varias medallas de oro, estoy completamente segura. Y lo peor del caso es que sería como esos niños prodigio que saben de música o tocan a la perfección sin haber estudiado jamás teoría musical.

Es que a veces siento que sobrepensar es uno de mis más grandes talentos. Pero entonces debería ser en pensamientos buenos, ¿no? Sin embargo, no es así. Resulta que mi cerebro parece ser mi hater más grande, porque no importa lo que haga, él siempre está en mi contra. Cuando no es asustándome, es saboteando cada cosa que hago. Y debo confesar que vivir con el enemigo en tu cabeza es de las experiencias más extremas que existen sobre el planeta.

Lo más cumbre del caso es que “el tipo” —vamos a llamarlo así, de cariño— sabe por dónde darme, por dónde entrarme, por dónde ponerme a sufrir o asustarme. Y, pana, vivir con miedo cansa. En serio, es agotador. Pero aunque he intentado de todo —escribir, orar, meditar, tocar guitarra, leer, pintar, hacer ejercicio, hacer journaling— nada funciona.

Supongo que cuando llevas demasiados años con la misma práctica sostenida, toma unos cuantos días más que esos para lograr algún cambio significativo. Por eso también le estoy poniendo un poco de empeño a escribir en esta plataforma, porque me ayuda a soltar cosas que rondan en mi mente día y noche.

Sí, dije día y noche, porque resulta que “el tipo” no duerme. Mi cuerpo se apaga, pero él sigue jodiendo aun cuando estoy dormida. ¿Han visto la película Intensamente? La parte donde la niña tiene una pesadilla toda loca, producto de la ansiedad. Bueno, pues esa es mi vida diaria. La vaina es tan así que me dio para escribir mi primer libro. Al menos algo bueno ha salido de todo aquello.

El caso es que escuchaba hace unos días que esa voz que está en tu cabeza te acompaña noche y día, y qué bonito fuera que te hablara con más cariño. Sí, claro, sería fantástico, pero por más que lo intento es muy terca y sigue viendo lo malo y lo negativo en todo.

Les juro que no es una cosa consciente. Cuando me doy cuenta, ya tengo dos horas nadando en los famosos pensamientos rumiativos. Qué nombre tan feo, ¿verdad? Pero bueno, resulta que así se llaman y que son tan feos como su nombre. Porque primero te absorben, cuando te das cuenta pasó un montón de tiempo; y segundo, comienzan con uno que parece medio inofensivo, pero termina llevándote a pensar cosas que después, vistas desde afuera, son bastante absurdas. Pero a veces no puedes llegar a ver cuán absurdas son hasta que alguien más te lo dice. ¿Qué loco, no?

En fin, espero que algún día todo eso pueda cambiar. No me quiero resignar, porque además de todo, creo que mi hija está aprendiendo lo mismo, cortesía de sus padres… ¡en vez de heredarle millones de dólares! Pero bueno, mirando hacia atrás también me doy cuenta de que mi vida es mucho mejor que la de mis padres, y que yo estoy buscando la ayuda y las alternativas que ellos no.

No los culpo. Hace mucho tiempo que comprendí que hicieron lo mejor que pudieron con las herramientas que tenían a mano, lo mismo que estoy haciendo yo. Y sé que probablemente llegará un punto en que mi hija me odie, o no me entienda, o no comprenda el porqué de muchas cosas. Pero solo puedo tener la esperanza de que en algún punto, cuando la madurez llegue a su cerebro desarrollado, se ponga en mi lugar, comprenda y, además, me perdone.

¿Vieron a dónde vino a dar uno de esos malayos pensamientos? Es que así de escurridizos son. Lo bueno es que ya no los dejo quedarse, no los dejo instalarse —la mayoría de las veces—. Les doy la vuelta y los mareo, aunque confieso que algunas veces —ahora cada vez menos— ellos me ganan a mí. Sin embargo, no me rindo. Aquí sigo, porque quiero, porque puedo y porque vale la pena el intento.

miércoles, 21 de enero de 2026

¿Estamos alguna vez listos?

Tengo millones de ideas en mi cabeza. No es exagerado cuando puedo compararlo con el meme que dice que nuestra mente neurodivergente a veces es como un navegador con miles de pestañas abiertas; es exactamente así como me siento muchas veces, y sin la posibilidad de llamar a los comandos Ctrl + Alt + Supr.

Lo que más me frustra de todo eso es que hay días en los que tengo una de esas ideas y puedo verla claramente en el momento, pero no tengo tiempo de sentarme a escribir todo eso. Tampoco tengo tiempo ni siquiera de enviarme a mí misma una nota de voz contándome los detalles y, al día siguiente, tal cual como una computadora, me despierto con la mente en modo reinicio y todas esas ideas que me parecían fantásticas se fueron al garete.

Quiero escribir. Escribir libros, historias, novelas, cosas de la vida real, cosas que reflexiono, que pienso, que me cuestiono. Quiero publicar algunas de esas cosas y otras no, pero cuando finalmente tengo tiempo de sentarme a ver qué forma va a tener, la inspiración ha abandonado el chat y es realmente desesperante. ¿Por qué me tengo que inspirar en medio de una ducha? ¡No tengo dónde escribir! ¿O en plena autopista? ¿Quieres que me mate? ¿Por qué cuando llego a casa ya no recuerdo la mitad de esas ideas?

Y luego, sumado a todo aquello, está el famoso síndrome del impostor. Tengo muchas ideas; algunas, en el momento, me parecen increíbles, pero luego, cuando pienso en que otros las lean, las vean, las invadan, empiezo a dudar hasta que finalmente me parece “más de lo mismo” o “¿en qué estabas pensando?”. Yo misma empiezo a imaginar lo que dirán o pensarán quienes me lean, porque aún no siento que tenga “lectores ideales”. Los únicos que le dan likes a mis publicaciones son mis amigos o familia cercana y, si planeo algún día vivir de esto, eso no es nada suficiente.

Y todo esto me lleva a la pregunta de este capítulo: ¿estamos alguna vez listos? Listos para soltar, listos para la crítica, listos para exponer una parte de nosotros, aunque sea ficticia. Sé, estoy segura, de que mucha gente se decepciona de mí por escribir más ficción que otra cosa, pero yo lo amo, y lo amo porque la ficción me ha regalado momentos de desconexión que mi cerebro agradece profundamente. Aunque, bueno, después queda la resaca post lectura, pero eso es otra historia.

La pregunta sigue en pie: ¿estaré alguna vez lista? ¿Seré tan valiente como para no dejarme afectar por la crítica? La verdad es que no lo sé y reconozco que me da miedo, porque la gente a lo largo de mi vida ha sido muy cruel, incluso gente de mi familia. Y sí, eso debería más bien tenerme preparada, pero la realidad es que no es así; que mi “sensibilidad” siempre termina ganando y, por más que lo intento, me afecta demasiado lo que los demás dicen y piensan de mí.

No sé si alguna vez estaré lista para eso, pero lo que sí sé es que quiero ver mis libros convertidos en una realidad. Quiero tocarlos, olerlos, hojearlos. Quiero regalar ejemplares a gente querida y dedicárselos en la primera página. Quiero que otras personas como yo se sumerjan en mis historias y puedan dejar de lado cosas que las perturban o las aquejan y alcancen ese poquito de fantasía sin el que la vida, muchos días, sería sinceramente insoportable.

Quiero ser una escritora que tenga tiempo para escribir cuando la inspiración llega y no cuando le da tiempo y la inspiración ya se ha ido, probablemente producto de la rutina y el cansancio. Quiero viajar para llenar mi mente de lugares, rostros, paisajes, sonidos, olores y experiencias que enriquezcan mi escritura.

La verdad es que no sé si algún día estaré lista para ser una escritora reconocida; esa posibilidad me aterra. Pero sí estoy lista para dedicarle a mi escritura más tiempo y disfrutar de ella lo más posible.

No sé si alguna vez seré una referencia para nadie, pero al menos dejaré una parte de mí en cada página, y espero que algún día mi hija, si no estoy, pueda encontrarme en cada una de ellas: en cada historia, en cada sueño y en cada vivencia que deje plasmada en el papel.

En este momento de mi vida, estoy lista para ver llegar mi libro impreso y llorar lágrimas de emoción y alegría, porque es mi sueño, mi hijo, mi bebé y una parte sumamente importante de mi vida.

sábado, 10 de enero de 2026

Mirar u observar

Las cámaras fotográficas incorporadas en los dispositivos móviles son relativamente nuevas. Antes, cuando querías tomar una foto, debías ser muy diestro con la cámara, hacer varios intentos y esperar a que la imagen fuera revelada para saber si había sido un éxito o un fracaso.

Con la llegada de las cámaras digitales —no estoy segura si apareció primero la cámara sola o la integrada al teléfono— al menos podías ver el resultado de inmediato. Aun así, había que repetir varias veces hasta lograr una imagen decente.

Quizás esa complejidad hacía que valoráramos más la posibilidad de capturar un instante en el tiempo. En contraste, la facilidad de hoy nos hace creer que debemos fotografiarlo todo, solo porque sí, y no porque luego nos sentemos a contemplar esos resultados con el paso del tiempo.

Al crecer en esta era digital y, además, ser fanática de la fotografía, me he visto envuelta en esa necesidad febril de tomar fotos de todo, al punto de llenar la memoria del teléfono —que, debo admitir, es bastante generosa—.

El jueves, mientras regresaba de viaje, contemplé un atardecer. Uno de mis fenómenos favoritos de la vida. Pero este, en particular, podría decir que fue prácticamente el atardecer perfecto. Y aunque parezca increíble, no tengo ni una sola foto ni un video.

Por primera vez en mucho tiempo, me permití no recurrir inmediatamente al teléfono. Me permití simplemente contemplar cómo el sol se iba escondiendo entre las nubes para luego caer en el horizonte.

No recuerdo haber visto un sol tan perfectamente redondo, con un exquisito color rojizo anaranjado, perfectamente delineado, cayendo despejado y relajado hasta perderse de vista.

Sí, me vi tentada a capturar el momento. Pero preferí hacerlo en mi mente. Preferí disfrutarlo de verdad, como hacía mucho tiempo no lo hacía.

Todo esto me llevó a preguntarme:

¿Estamos realmente observando lo que nos rodea?
¿O ese afán por capturar miles de cosas y momentos, sin una razón clara, nos está llevando a perdernos instantes mágicos y maravillosos?

De esos que, quizás, son los únicos que nos llevaremos cuando dejemos este mundo.

Vivir se ha vuelto demasiado automático, demasiado instantáneo. Y ahora tenemos que entrenarnos —sí, entrenarnos— para parar, descansar, respirar y observar. Para ser parte del entorno, del paisaje, y no simples estrellas fugaces que pasan sin tiempo para mirar con detenimiento.

No somos máquinas de hacer dinero. Somos seres humanos que se nutren de momentos, de vivencias, de pausas.

Ese día me di el regalo de mirar.
Suena simple. Suena rutinario. Suena como si no fuera algo extraordinario.

Pero en un mundo que corre sin freno, que no se detiene ante nada, parar, mirar, observar y sentir es un acto profundamente revolucionario.

Quiero más momentos así.
Quiero más tiempo de paz, de quietud, de reflexión y de silencio.

Tiempo para escuchar con tranquilidad mi respiración y darme cuenta de lo afortunada que soy por seguir siendo testigo de milagros que, por ser cotidianos, a veces olvidamos cuán extraordinarios son.

domingo, 21 de diciembre de 2025

¿Y si aprovechar el tiempo fuera, en realidad, desperdiciarlo?

Vivimos en un mundo obsesionado con la productividad.
Productividad entendida como hacer mucho, todo el tiempo, sin pausa.
Medimos nuestro valor —y muchas veces nuestro éxito— por la cantidad de cosas que logramos tachar de una lista diaria, semanal o anual. Al final del año, casi sin darnos cuenta, hacemos un balance no de lo vivido, sino de cuán productivos fuimos.

La sobrevalorada productividad se ha convertido en una enemiga silenciosa del descanso. Descansar parece un lujo, una pérdida de tiempo, algo que debemos justificar. Y así terminamos los días, las semanas y los años agotados… y frustrados. Porque, por más que lo intentemos, nunca alcanzamos ese nivel de productividad “aceptable” que alguien más definió.

Cada noche me voy a la cama con la firme intención de ser súper productiva al día siguiente. Pero amanezco tan cansada que esa intención se disuelve demasiado rápido. Son pocas —poquísimas— las veces que me acuesto pensando: hoy realmente lo logré. De hecho, ahora mismo no recuerdo ninguna.

Y entonces vuelvo a la pregunta inicial:
¿Y si aprovechar el tiempo es, en realidad, desperdiciarlo?

Desperdiciar contemplar un nuevo amanecer.
Desperdiciar respirar con conciencia, entendiendo el privilegio que es cada bocanada de aire que entra a nuestros pulmones.
Desperdiciar escuchar de verdad a quien nos habla.
Desperdiciar observar el entorno: los árboles, los pájaros, las flores… incluso los edificios que vemos todos los días sin mirar.

Esta obsesión por la productividad se está convirtiendo en una fuente constante de estrés. Nos empuja a vivir deprisa, apurados, con la sensación permanente de llegar tarde a todo. Y mientras corremos, lo realmente importante pasa frente a nosotros como un borrón.

Nos sentamos a “descansar” mirando el teléfono, acumulando ideas sobre trabajo, familia, proyectos, pendientes. Nos acostamos a ver una película pensando en todo lo que debemos hacer mañana para “avanzar” hacia nuestras metas.
Y a veces me pregunto: ¿y si no estoy avanzando? ¿Y si, en realidad, estoy retrocediendo?

¿Qué es avanzar?
¿Quién definió ese concepto?

Nos enseñaron que avanzar es lograr, cumplir, alcanzar metas que la sociedad considera lógicas, razonables, exitosas. Pero ¿qué pasa si yo necesito avanzar hacia mi propia paz?
Hacia mi descanso.
Hacia el encuentro conmigo misma.
Hacia entender qué es lo que realmente quiero de la vida.

No quiero llegar a la vejez habiendo cumplido sueños que otros colocaron sobre mis hombros. Quiero llegar con la tranquilidad de haberlo intentado por mí. De haber caminado hacia lo que me da paz, hacia lo que me hace feliz.

Para eso, sí, se necesita productividad.
Pero también se necesita parar.
Respirar.
Observar.
Sentir.
Vivir el presente.

Porque al final del día, ¿qué nos llevamos de este mundo?
Lo vivido.

Y cuando la historia finalmente llegue a su final, lo único que se irá con nosotros será la persona que construimos. Quizás la mediana edad sea un buen momento para hacernos una pregunta incómoda, pero necesaria:

¿Me gusta la persona que estoy construyendo?

jueves, 27 de noviembre de 2025

Volver a mí a través de las palabras

Volver a mí a través de las palabras

Durante años pensé que escribir era algo que uno hacía cuando tenía tiempo, inspiración o una vida ordenada. Yo no tenía ninguna de esas tres cosas. Tenía días llenos, miedos viejos, responsabilidades nuevas y una voz interna que me decía que quizá ya era tarde para regresar a lo que amaba.

Pero aquí estoy.
Volviendo.
Un poco rota, un poco cansada… pero regresando igual.

Porque descubrí que no se escribe desde la perfección, sino desde la necesidad. Desde ese lugar íntimo donde guardamos lo que no sabemos decir en voz alta. Y aunque dejé la escritura muchas veces —por la vida, por la maternidad, por el cansancio, por creer que no era suficiente— ella nunca dejó de esperarme.

Este blog nace de esa reconciliación:
del permiso de volver,
de la valentía de empezar,
y de la certeza de que las historias que cargamos también merecen un lugar fuera de nosotros.

Aquí quiero escribir sobre lo que me mueve:
los libros que me acompañan,
las historias que me encuentran,
los procesos creativos que me devuelven el aire,
y los pedacitos de vida que no caben en un reel, pero sí en un párrafo sincero.

No prometo perfección.
Prometo honestidad.
Prometo escribir como quien enciende una luz pequeña en medio de la noche:
sin prisa, sin ruido, sin miedo.

Si llegaste hasta aquí, gracias.
Que este sea el inicio de un camino que, aunque a veces duela, siempre termina sanando.

Bienvenida a mi rincón.
Bienvenido a mi regreso. ✨